La clave para comprender a tus hijos: Emociones antes que conductas

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En el día a día, situaciones aparentemente triviales pueden desencadenar conflictos con nuestros hijos, transformándose en auténticas pugnas de autoridad. Un ejemplo claro es la insistencia de un niño por usar el ascensor en lugar de las escaleras, lo que puede llevar a enfados y llantos. Ante estos escenarios, es común que los padres interpreten tales reacciones como caprichos o desafíos que requieren límites firmes. Sin embargo, la psicóloga infantil y juvenil Katia Aranzabal nos invita a adoptar una perspectiva diferente, sugiriendo que, antes de intentar corregir una conducta, es crucial preguntarse qué emoción la está impulsando. Según Aranzabal, a menudo, detrás de un “no”, una rabieta o un arrebato, se esconde una emoción que el niño aún no sabe cómo comunicar eficazmente.

La dificultad de los niños para expresar lo que sienten radica en su falta de desarrollo emocional, ya que no nacen con la capacidad de identificar o verbalizar sensaciones como la frustración, la soledad o el miedo. Esta inmadurez emocional se manifiesta en explosiones y desbordamientos afectivos, ya que, al no poder articular sus sentimientos con palabras, sus cuerpos actúan por ellos a través de llantos, gritos o bloqueos. Lo que percibimos como una conducta problemática es, en realidad, una manifestación externa de un complejo mundo interior lleno de emociones no gestionadas. Por lo tanto, la educación emocional desde la primera infancia, tanto en el hogar como en la escuela, es vital para enseñar a los niños a reconocer y expresar sus sentimientos de manera saludable.

Cuando los niños aprenden a comunicar sus emociones, su comportamiento experimenta un cambio significativo. Un enfoque más empático implica agacharse a su altura y verbalizar lo que intuimos que sienten, por ejemplo, preguntando: “¿Estás enojado porque…?” o “Veo que estás triste porque…”. Este acto de validación emocional, aunque no siempre reciba una respuesta inmediata o verbal, inicia un proceso de conexión y comprensión. Al sentirse comprendidos y escuchados, el sistema nervioso del niño se tranquiliza, disminuyendo la intensidad de su malestar. Poner nombre a sus emociones no solo transforma su mundo interno, sino también el de los padres, revelando que lo que parecía desobediencia podría ser inseguridad, y el llanto, una petición de consuelo. Este enfoque no implica renunciar a establecer límites, sino comprender la raíz del comportamiento antes de actuar, promoviendo una crianza respetuosa que prioriza la comprensión y la conexión emocional.

La crianza, basada en el respeto, la empatía y la paciencia, no se trata de evitar las dificultades, sino de verlas como oportunidades de aprendizaje. Al adoptar esta mentalidad, los padres dejan de percibir a sus hijos como “mal portados” y los ven como seres en proceso de aprender a manejar emociones abrumadoras. La educación emocional es un regalo invaluable que empodera a los niños con herramientas para toda la vida. La próxima vez que un niño reaccione de forma inesperada, debemos recordar la pregunta fundamental: ¿qué emoción se esconde detrás de esta conducta? La respuesta puede desvelar una necesidad profunda de expresión, transformando un momento de tensión en una oportunidad de conexión y crecimiento.

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