Una Extinción Masiva Permitió el Auge de los Peces en los Océanos Antiguos

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Los océanos primigenios no fueron siempre el dominio indiscutible de los peces que hoy conocemos. Durante gran parte del Ordovícico temprano, la vida marina estaba gobernada por vertebrados desprovistos de mandíbulas, ancestros distantes de las actuales lampreas. En contraste, los vertebrados con mandíbulas, conocidos como gnatóstomos (grupo que incluye a tiburones y peces óseos, y que eventualmente dio origen a los tetrápodos), eran una presencia marginal. La interrogante sobre cuándo y por qué se produjo este cambio de poder en los mares ha intrigado a la paleontología marina durante décadas.

Una reciente investigación publicada en Science Advances ofrece una explicación, sugiriendo que el ascenso de los peces a la supremacía oceánica no fue un triunfo inherente de su evolución, sino el resultado de una reestructuración ecológica profunda provocada por una crisis global. El estudio postula que la extinción masiva del Ordovícico tardío, hace aproximadamente entre 445 y 443 millones de años, actuó como un cuello de botella implacable, pero también como el motor de subsecuentes explosiones evolutivas.

Este período de cataclismo no fue un acontecimiento único e instantáneo, sino que se caracterizó por dos fases de extinción vinculadas a transformaciones climáticas extremas. Estas incluyeron etapas de enfriamiento global, glaciaciones y fluctuaciones drásticas en el nivel del mar, lo que llevó a la desaparición o fragmentación de vastas áreas de mares poco profundos. En este contexto tumultuoso, la diversidad de especies marinas sufrió un colapso significativo y las comunidades biológicas se reorganizaron a escala planetaria.

Resulta revelador que, según el estudio, los gnatóstomos también fueron severamente afectados al inicio de esta crisis. Su ascenso no fue inmediato. La diversificación de estos peces con mandíbulas se aceleró únicamente después de un período de estancamiento inicial, una vez que los ecosistemas comenzaron a recuperarse y nuevos linajes empezaron a surgir y diferenciarse en distintas regiones geográficas.

La regionalización de los océanos, que dejó de ser un sistema uniforme para convertirse en un mosaico de entornos intermitentemente conectados, fue crucial. En este nuevo panorama, la innovación biológica encontró un terreno fértil para acelerarse. Este proceso no fue impulsado por la comodidad, sino por el aislamiento geográfico, la competencia localizada y la aparición de nichos ecológicos vacantes que ofrecieron nuevas oportunidades para la adaptación y la evolución.

La metodología del estudio no se basó en un único descubrimiento fósil sensacional, sino en un análisis paleontológico a gran escala. El equipo de investigación compiló un extenso registro de hallazgos fósiles, que luego correlacionaron con datos biogeográficos y ecológicos. Esto les permitió rastrear cómo la diversidad y la distribución de los ciclóstomos y gnatóstomos evolucionaron a lo largo de este crítico periodo de tiempo geológico.

Este enfoque fue particularmente valioso para el estudio de los primeros peces, que a menudo están subrepresentados en el registro fósil debido a su pequeño tamaño y la naturaleza blanda de sus tejidos, lo que dificulta su fosilización en comparación con organismos con conchas o exoesqueletos más resistentes. Por ello, en lugar de centrarse en una 'especie clave' singular, la investigación procuró reconstruir los patrones poblacionales y geográficos utilizando la totalidad de la información disponible.

La implicación más profunda de este trabajo es que la mandíbula, una de las mayores innovaciones en la historia de la vida, no fue por sí sola suficiente para garantizar el dominio posterior de estos peces. Más bien, su éxito se atribuye a una combinación de factores: su capacidad de supervivencia a través de la crisis del Ordovícico y su posterior diversificación en un planeta que se había vuelto menos homogéneo. En esencia, el predominio de los peces con mandíbulas fue, en gran medida, una consecuencia de la reconstrucción ecológica tras un evento de extinción masiva.

Este hallazgo también contribuye a fechar y entender el mecanismo detrás de un punto de inflexión evolutivo fundamental, que nos incluye a nosotros mismos. Si los gnatóstomos se establecieron como el linaje dominante de vertebrados marinos a partir de este período, entonces la cadena evolutiva que culminó en anfibios, reptiles, aves, mamíferos y, finalmente, en los seres humanos, se sustenta en esa misma coyuntura crítica del Ordovícico tardío.

Para eventos geológicos tan antiguos, los mecanismos exactos detrás de las extinciones y sus consecuencias siguen siendo objeto de refinamiento a medida que surgen nuevas pruebas. Este estudio, sin embargo, pone el énfasis en los patrones biogeográficos y ecológicos que emergieron tras la extinción, más que en la defensa de un detonante específico para el inicio de la catástrofe.

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